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Psychology

Ozempic y la mente

Pocos medicamentos han recibido tanta atención en los últimos años como Ozempic. Desarrollado originalmente para tratar la diabetes tipo 2, hoy el principio activo semaglutida se asocia sobre todo con la pérdida de peso. Sin embargo, algo aparece pocas veces en los titulares: la relación con la comida, el peso y el propio cuerpo es siempre también una cuestión psicológica.

La semaglutida imita una hormona natural que indica saciedad al cerebro. Muchas personas describen cómo el constante dar vueltas a los pensamientos sobre la comida –a menudo llamado «food noise»– se vuelve más silencioso. Para quienes llevan años luchando contra su propio apetito, eso puede suponer un alivio palpable.

Al mismo tiempo, el medicamento no resuelve los motivos por los que, para muchos, comer es más que simplemente alimentarse. La comida consuela, calma, da estructura al día o llena un vacío interior. Cuando esa función desaparece sin un sustituto, los sentimientos que hay debajo emergen a veces con más claridad: estrés, soledad o tensión.

A ello se suma la presión de las expectativas. Un cambio físico rápido también cambia cómo reaccionan los demás y cómo uno se ve a mismo. Algunos lo viven como una liberación; otros se sienten de repente reducidos a su cuerpo. La propia imagen no siempre sigue el ritmo de la báscula.

Se vuelve psicológicamente delicado sobre todo cuando el tratamiento termina. Si los viejos patrones en la relación con la comida y las emociones quedan intactos, suelen regresar también los viejos hábitos. El medicamento puede abrir una ventana; lo que ocurre dentro de esa ventana decide lo que permanece.

Justo aquí entra el acompañamiento psicológico. No en contra del tratamiento médico, sino como complemento: se trata de desarrollar una relación más sólida con el propio cuerpo y con la comida, comprender los desencadenantes emocionales y encontrar nuevas formas de manejarlos. Así, un cambio pasajero puede convertirse en uno duradero.